¡Oh, santas soledades, cómo vemos
que sólo es sabio quien vivir os sabe
sin envidiar el oro de la nave
que besa de la tierra los extremos!
¡Oh, cuánto al Cielo aquellos le debemos,
que en parte de vivir un monte cabe,
si la muerte ha de abrir con igual llave
las puertas de las vidas que tenemos!
Aquí son estos prados los amigos;
las selvas, el palacio y la carroza,
y el silencio y verdad, los enemigos.
Dichoso el que descansa en pobre choza;
que no se logra el bien donde hay testigos,
ni en las ciudades la quietud se goza.