Querido manso mío, que viniste
por sal mil veces junto aquella roca,
y en mi grosera mano vuestra boca
y vuestra lengua de clavel pusiste.
¿Por qué montañas ásperas subiste
que tal selvatiquez el alma os toca?
¿qué furia os hizo condición tan loca,
que la memoria y la razón perdiste?
Paced la anacardina porque os vuelva
de ese cruel y interesable sueño,
y no bebáis el agua del olvido.
Aquí está vuestra vega, monte y selva;
yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño,
vos mi ganado y yo vuestro perdido.