Entre las armas del sangriento Marte,
entre los tafetanes que enarbola,
de la gente francesa y española,
entre el cristiano y bárbaro estandarte;
entre las lanzas de una y otra parte,
cuyo acero de sangre se arrebola,
Angélica, tu voz pudiera sola
hacer que de Paris mi espada parte.
Sigo tu luz, aunque por más distancia;
mas cuando a ti, cual mariposa, llego,
no me dan premio de mi amor tus cielos.
Y así, más enojado vuelvo a Francia,
porque es mirarse en un espejo un ciego,
seguir desdenes y obligar con celos.