Dejaste, ingrata, divertida, en vano
caer de un arroyuelo en la corriente
este blanco papel que el diligente
cristal pensó que era tu blanca mano.
A ruego de mis celos, más humano,
me dio el papel, que de mi pecho ardiente
secó el calor, porque tu sol ausente
huyó al ocaso de su luz tirano.
Entre espumas hallé lo que tu pluma
a su pájaro escribe, y mis desvelos
quieren que celos de tu amor presuma.
Ya es fuego el agua, y no es milagro ¡oh, cielos!
si la madre de Amor nació de espuma,
que de ella salga tan ardientes celos.