Amé desde el principio de mi vida,
Félix, tus altos méritos, guiada
de aquella luz que el alma enamorada
a mi dulce prisión llevó rendida.
Contigo, el sol me amaneció, vestida
de esta verde esperanza dilatada,
contigo hasta bajar la noche helada
para volverte a ver entretenida.
Ya con tu ausencia, todo me acobarda;
ningún remedio de tus manos viene
a contar la esperanza que te aguarda.
Morir y no tenerla me conviene;
que más mata esperar el bien que tarda,
que padecer el mal que ya se tiene.