Vive en las flores del rosado Oriente
un ave sola al mundo, a quien decoro
guarda hasta el mismo sol, el pico de oro,
los ojos de un zafiro transparente.
Con punta de rubí ciñe su frente
de azules plumas un turbante Moro;
sin nácar, plata y púrpura no hay poro
que no produzca pluma diferente.
Salve, Fénix hermosa, a quien consagro
cuantas mirras Sabá y inciensos corta,
y en cuanto el Ganges y Eúfrates pasean.
Este honor de mi patria, este milagro,
Licinio, no eres tú, pues ¿qué te importa,
si no lo puedes ser, que otros lo sean?