Subió atrevido miserable Enano
en una hormiga de su cuerpo Atlante,
gloriosa de llevar su semejante;
tal puede en proporción el arte humano.
Sin espuela en el pie, rienda en al mano,
caminaba tan bravo y arrogante,
como pudiera el César más triunfante
en el aplauso del laurel Romano.
Corrió la hormiga, y dio con él en tierra,
y entonces dijo: Envidia, ¿qué te ríes,
de una suerte caímos yo y Phaetonte?
Lidio, camina en paz, no me des guerra,
que es grande diferencia, aunque porfíes,
caer de hormiga y de celeste monte.