Aquel filosofar antiguo, Octavio,
jamás le diera yo tan falso nombre,
plantar el hombre, sin que el verlo asombre,
más parece de bestia, que de sabio.
Sacar los ojos, dar silencio al labio
un lustro, acción de bárbaro se nombre,
buscar de día con un hacha un hombre,
de cuantos han nacido fuera agravio.
Con propia mano en una fuente un día
vio un sabio un hombre, que bebiendo estaba,
y quebró la escudilla que tenía.
Qué hermosa necedad, pues se obligaba
a quebrarse la mano, si bebía,
porque también la boca le sobraba.