Lazos de plata, y de esmeraldas rizos,
con la hierba y el agua forma un charco,
haciéndole moldura y verde marco
lirios morados, blancos y pajizos.
Donde también los ánades castizos,
pardos y azules, con la pompa en arco,
y palas de los pies, parecen barco
en una selva, habitación de erizos.
Hace en el agua el céfiro inquieto
esponja de cristal la blanca espuma,
como que están diciendo algún secreto.
En esta selva, en este charco en suma
pero, por Dios, que se acabó el soneto.
Perdona, Fabio, que probé la pluma.