Tierra, que para ser de mí cavada,
por ser tan seca, dura y no rompida,
con razón de mi llanto humedecida,
mejor que de tu cielo estás regada;
si aquella prenda de mi alma amada
estuviera presente endurecida,
presumo que quedara enternecida
a menos golpes de mi tosca azada.
Si en las piedras las lágrimas se imprimen,
piedras adoro; pero están ausentes,
¿qué importan que mis ojos se lastimen?
Ásperos montes, a mi mal presentes,
¿cómo os podrán mover cuando se animen,
si el mar es poco y son mis ojos fuentes?