Al signo de León, de nueva estrella
quiso Blanca adornar, y fue bastante
dejar caer desde su cielo un guante;
la estrella no, que se quedó con ella.
Vistió su claro sol púrpura bella,
su mano más cristal, y todo amante
para tanto laurel vistió diamante,
determinado de morir por ella.
Nube era el guante que ocultaba en vano
la nieve que en las almas fuego llueve,
con que pensó templarse amor tirano.
Pero burlose cuando más se atreve,
porque, quitando el guante de la mano,
cayo la nube y se quedó la nieve.