Al sol, en cuyos rayos se desvela
el Querubín más puro, opuesto en vano,
intrépido, sacrílego, tirano
por breve senda en carne mortal vuela.
Rompe el rebozo de la blanca tela,
velo divino del sentido humano,
y no le quema el sol la indigna mano,
que a quien nieve imagina el sol le hiela.
Víctima al padre, aunque incruenta, cuando
vio tanto horror, mostró mayor paciencia,
que no castiga quien está rogando.
¡O gran milagro de su gran clemencia
para que el fiero Apóstata llorando
lo que en pan no creyó, viese en esencia!