Sale la nave próspera y bizarra
de Flandes con inquietas banderolas,
y sin temor de caminar a solas,
las áncoras del puerto desamarra.
Entra en el golfo, deja atrás la barra,
el mar se altera y en dos horas solas
les deja el viento entre las pardas olas
como granizo helado o verde parra.
Mas siendo entonces su furor ensayos,
viendo que sale el sol y hay mar bonanza,
en ánimo se trucan sus desmayos.
Así, viendo del cielo la mudanza,
adoro los celajes de sus rayos;
viendo el temor, alivio la esperanza.