Divino labrador, honor de España,
que a pesar de la bárbara fiereza
traías en la mano la cabeza,
por no morir en la heredad extraña.
El ejército muerto, la montaña
de cuerpos troncos, tanta fortaleza
admira, y da lugar a la riqueza
del vuestro insigne por tan alta hazaña.
Muertos responden a quien habla muerto,
y la patria de tales ciudadanos
de muro a muro a ser sepulcro viene.
Dichosa Zaragoza por Lamberto,
que tiene su cabeza por sus manos,
y ella su cuerpo por cabeza tiene.