Enterraron un mico los persianos
de la embajada de aquel rey primera;
dicen que era almizcleño como pera,
bufón de hocico y jugador de manos.
Allí supersticiosos cuanto humanos,
higos y almendras y una polla entera
le ministraba el que de todos era
alcoranista de sus ritos vanos.
Salía un español de unos olivos
(¡oh consonantes, qué facéis de tuertos!),
y hurtaba los piadosos donativos.
¡Oh terribles del mundo desconciertos,
que con necesidad los hombres vivos
coman las honras de los micos muertos!