Si cada vez que un hombre murmurase
del amigo, del prójimo y ausente,
Jesús dijese, es hombre suficiente
a que la voz y el ánimo templase.
Si cada vez que del honor tratase
del que infama y corrige vanamente,
Jesús dijese, y con humilde frente
alas divinas letras se humillase.
Es imposible que el furor más ciego,
y la vergüenza más soberbia y loca,
con tal rocío no templase el fuego.
Que el nombre de Jesús tanto provoca
a amara Dios y al prójimo, que luego
penetra el corazón desde la boca.