No hay oro con esmaltes diferentes,
rubíes rojos, cándidos diamantes,
ni de los Orientales elefantes
para terso marfil tan blancos dientes.
No hay tan puros cristales transparentes,
ni crisolitos hay tan rutilantes,
ni perlas en los nácares cambiantes,
ni rayos en el sol resplandecientes.
Pues todo para Dios es cosa baja,
incircunscrito, grande y no medido,
porque es en lo infinito la ventaja.
Pero si ya después de haber nacido,
la grandeza de Dios admite caja,
darele un corazón arrepentido.