Aquí yace Lucrecia menos casta
que la de Roma, pero más hermosa;
no la forzó Tarquino, ni quejosa
Roma alzó la cerviz, y vibró el asta.
Forzola un dulce amor, que amor contrasta
la fuerza más altiva y desdeñosa;
y aunque murió por desleal esposa,
ser causa amor para disculpa basta.
Con ella yace el que la quiso tanto,
muerto con plomo por dejar el hierro
al pecho, cuyo error dio al mundo espanto.
Mas bruto airado en su mortal destierro
sangre del homicida y propia en llanto
ofrece al luto de su negro entierro.