Dulce Señor, enamorado mío,
a dónde vais con esa cruz pesada,
volved el rostro a un alma lastimada
de que os pusiese tal su desvarío.
De sangre, y llanto entre los dos un río
formemos hoy, y si a la vuestra agrada,
partamos el dolor, y la jornada,
que de morir por vos en vos confío.
O divino Señor del alma mía,
si será Nicolás tan venturoso,
que se transforme en vuestra cruz un día.
Bajad de vuestros cielos amoroso,
y si merece quien con vos porfía,
dadme esos brazos soberano esposo.