A verte vengo, si por dicha puedo
merecer en la noche de tu olvido
el Sol más riguroso y encendido,
de cuyos rayos abrasado quedo.
Mas la tiniebla, donde el alma enredo,
laberinto de amor y del sentido,
así me tiene ciego y oprimido,
que al fin se rinde la esperanza al miedo.
Sal, mi divino Sol, y tu belleza
abrase este laurel, que otras crueles
entrañas han cubierto su corteza.
Mas no salgas, señora, a estos laureles,
que tomarás ejemplo en su dureza,
y serás fugitiva, como sueles.