Dejó su dulce y regalada esposa,
su querido Telémaco y su nido
aquel astuto que volvió perdido
de la venganza de la griega hermosa.
No quedó monstruo de la mar furiosa
adonde no viviese detenido;
ya le valió la lengua, ya el oído,
ya la dulce retórica famosa.
Volvió, en efecto, y en el sacro templo
colgó la ropa, Amor, que solo bastas
a que tan grande fe y lealtad confirmes,
dejándonos los dos tan alto ejemplo,
a las mujeres para ser muy castas
y a los maridos para ser muy firmes.