Viendo la hermosa y cándida Azucena,
que al verde margen la corona inclina,
marchita ya la rosa Alejandrina,
así le dijo de arrogancia llena:
Engañada en la voz de Filomena
te anticipaste, o Rosa peregrina,
pues presumiendo de deidad divina,
ahora envidias la hermosura ajena.
La Rosa respondió: ¿De mí te ríes,
Azucena, en tus hojas arrogantes?
¡o loca presunción! pues no te fíes.
Que no importa salir después ni antes,
si lo que miras hoy en mis rubíes,
amenaza mañana tus diamantes.