No hay que esperar, Olimpo, de mi vida
otro gusto mayor que aborrecerte
mi alma; es imposible ya quererte:
la firme voluntad está rendida.
Estoy del grande amor reconocida
de Anfriso; no hay que hablar hasta la muerte;
primero la veré, que se concierte
extraño amor; que quiero y soy querida.
Necio será si intenta perseguirme
(que en conocer el bien no soy tan ruda)
quien quiere de sus lazos dividirme.
Yo quiero a Anfriso; no mi amor se muda
en ti; no hay que esperar de fe tan firme.
Esto confieso, en lo demás soy muda.