Estrella, de tus negras, celestiales
almas, luces de amor, ¿quién ha podido
salir con libertad, que no haya sido
triunfo de tu desdén en tus umbrales?
Díganlo de mis ansias inmortales
tantos afectos, partos del sentido;
lágrimas no, que fuera ya partido
para lenguas y treguas de mis males.
En tan alto peligro acreditada
queda la voz de un Ícaro atrevida,
bien que en su mismo intento fabricada;
porque contra cualquiera humana vida,
de rigores de nieve estás armada,
de prodigios de fuego estás vestida.