Dichoso aquel que en mudas soledades
osa pasar la vida en una aldea,
lejos de aquella envidia que pasea
las plazas de las cortes y ciudades.
Dichoso aquel que atiende a las verdades
del que ningún imperio lisonjea,
ni las mercedes del hablar rodea,
ni tembló de mirar las majestades.
Dichoso aquel a quien despierta el alba,
en vez de la marcial trompeta, el gallo,
y del morir en confusión se salva.
¡Oh vida, curso de veloz caballo,
nave de un puerto que la misma salva,
recibe al Rey y al mísero vasallo.