¡Hayas del monte, en qué piedad tan justa
dio vida a quien mataba los consejos
de un astrólogo vil; sombrosos tejos,
que infame vistes la grandeza augusta;
encina, en cuya bárbara y robusta
corteza vi sus ojos como espejos,
y los rayos del sol surtir reflejos,
lágrimas de que el cielo tanto gusta,
¿qué se hizo el niño, que al llorar suave
movió las piedras? ¿Quién le puso el nombre?
¿Quién le guardó, si es éste ilustre y grave?
Pero no será justo que me asombre,
que lo que guarda Dios Él mismo sabe
como se libra del poder del hombre.