Digo, Señor, que luego al mismo punto
que en la mar le lanzamos, se abrió el cielo:
o fuese que Mahoma por castigo
o premio de su humilde sufrimiento
lo quiso colocar en la alta silla,
o sepultar en el abismo eterno,
que con nuevos relámpagos y truenos
se desapareció en aquel instante,
y yo quedé esperando grande rato
por traerte siquiera algún indicio;
pero luego la mar, muy sosegada,
y el cielo sin dar muestras de mudanza.
No sé que sienta en tan gran prodigio;
sí te decir que vine amedrentado.