Tiernos, enamorados ruiseñores,
enseñadme a cantar tristes endechas;
cárceles verdes, de esmeraldas hechas,
con dulce parto producid colores.
Pomposos cedros de olorosas flores,
ramas de mirra en lágrimas deshechas,
sin reparar en celos y sospechas,
cubridme, pues me veis morir de amores.
Para ver si le busco enamorada
se fue mi labrador. Sin su presencia
ninguna luz, ningún lugar me agrada.
Y aunque en todos asiste por potencia
un alma a sus regalos enseñada,
¿cómo podrá sufrir de Dios la ausencia?