Ya que la hablar me quitas, a lo menos
las quejas no podrás, Leonarda ingrata.
Quéjase el mar, si el viento le maltrata;
tiembla la tierra en sus profundos senos;
silban los troncos, de hoja y ramas llenos,
y hasta la rueda y clavazón de plata
de sus ejes a veces se desata
con voces de relámpagos y truenos.
Quéjanse los delfines, los leones,
el toro, el tigre, y tú, como ellos, quieres
que calle la razón a mi despecho.
Mas como todas fueron sinrazones,
no quieres que se sepa que tú eres
a la vista mujer, diamante al pecho.