Bastaba, fiero amor, haber rompido
las maravillas del pecho de diamante,
más firme, más rebelde, más constante
que de romana ni de griega ha sido,
sin dar lugar a que, mi bien partido,
de ver partido el corazón me espante,
alma en que navega semejante,
viendo el troyano, como Elisa, Dido,
embarcarte en mis ojos, fiero Eneas,
caminarás a una alma toda fuego,
si a Troya por la mar volver deseas,
o anegarte de mi llanto ciego;
que no es posible que en el mar te veas
con más rigor que donde yo me anego.