Ahora hermosa Virgen, que desata
mi lengua, vuestra mano, aunque no veo
quien hizo este milagro en mi deseo,
en vuestras alabanzas se dilata.
Un dardo de oro, un rótulo de plata,
con vuestro nombre, en quien el alma empleo
me abrió la boca, pues a tal trofeo,
palabra os doy que no respondo ingrata.
¡Será Señora mía celebrado
de vuestra Anunciación el dulce día,
de suerte, pues la lengua me acrisola.
Que, cuantos hasta ahora, os han llamado
Ángeles, y hombres, celestial María,
no igualen juntos, a mi lengua sola!