Dios de mi alma, inmenso Señor mío,
luz de mis ojos, dulce enamorado,
divino labrador, en cuyo arado
os puso hasta morir mi desvarío.
Vos, que a la fuerza del ardiente estío
buscáis vuestras ovejas abrasado;
dichoso, buen pastor, aquel ganado,
que al pasto conducís y al claro río.
¿Qué labrador labró con más fatiga
estas tierras de Adán, de espigas llenas?
Así el amor vuestra piedad obliga.
No canséis esos hombros de azucenas;
dadme el arado a mí para que os siga;
que yo tendré por gloria vuestras penas.