Bien, Roma, los que sirven los abonas,
aunque la cara a la ocasión se hurta;
y el honor vuelves cuando alguno lo hurta,
y su valor por todo lo pregonas.
Tú levantas al cielo las personas
cual un nuevo Alejandro o cual Yugurta,
de robles, de laurel, de grama y murta
pones en sus cabezas mil coronas.
Formas con sus ejércitos crueles
quien se levante, pues mereces, Roma,
que el Cielo mismo tu valor ampare.
Y pues que me coronas de laureles,
la famosa cerviz que nadie doma,
al cielo subiré si no bastare.