¡Oh ingenio y hermosura para sabios!
¿Qué seda blanca de la rica China
no se tiñera en púrpura divina
de sus mejillas y rosados labios?
¿Qué Alejandros, qué Césares, qué Octavios
no venciera beldad tan peregrina,
pues si la resistencia se imagina
el amor natural recibe agravios?
Pagaste la pensión de tantos bienes
con la desdicha, que te dio forzosa
quien por hermosa coronó tus sienes.
Que no nacieras para ser dichosa,
con tan grande hermosura como tienes,
ni desdichada para ser hermosa.