Dejaba a un sauce el instrumento asido
Amarilis con justo sentimiento
de un cabrero mordaz, que de su acento
con vana presunción hablo atrevido.
Viole en las ramas el pastor Leonido,
y dijo, conociendo el instrumento,
al dueño ausente, con piadoso intento,
no menos lastimado, que ofendido:
No por villanos rústicos nos prives
de tu sonora voz, por más que intente
la pena, que de bárbaros recibes.
Canta y alaba al cielo eternamente,
pues eres de su coros, mientras vives,
con voz divina humana pretendiente.