¡Ay, Celia mía, más que el alba hermosa,
en las primeras luces de oro llenas,
cuando siembra claveles y azucenas,
en manos de marfil con pies de rosa!
Ausente de tu vista, no reposa
el alma, que padece duras penas,
como el esclavo al son de las cadenas,
llora la patria en que vivió dichosa.
Cual pajarillo soy, que desconfía
y vuela con medrosa diligencia,
de hallar el nido, al fenecer el día.
Bien puede ser tu firme resistencia;
pero díceme el alma, Celia mía,
que no hay segura fe donde hay ausencia.