Cuando con puntas de marfil labrado
animas, Labradora, el instrumento,
cantando en sonoroso y limpio acento
los dulce hurtos del amor al prado.
Ni suena arroyo en éxtasis parado,
ni entre las hojas se deleita el viento,
ni por estar a tu dulzura atento
se escucha voz de pájaro pintado.
Duerme inocente el lobo, que ha vencido
el son divino de tu dulce lira,
y entre el mismo ganado está rendido.
Pues donde tu suave acento admira
a quien falta razón, vida y sentido,
¿qué hará con alma quien por ti suspira?