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1867–1923

XVI

Julio Flores Roa

Cruzó como un relámpago el vacío, bajo el trémulo palio de las frondas; y cayó, de cabeza, en pleno río, destrozando el espejo de las ondas.

Tres veces resurgió su cuerpo impuro -su cuerpo encenegado en la molicie- y otras tantas hundióse en el oscuro fondo, bajo la rota superficie

Después flotó el cadáver en el agua, en donde el sol, al expirar, ponía el último reflejo de su fragua ¡Y el cadáver se fue con las abiertas

pupilas asombradas : lo seguía un callado cortejo de hojas muertas! ¡Agucé mis ternuras hasta vivir de hinojos a sus plantas, en éxtasis: tal fue mi idolatría

sin ver más luz que el lampo divino de sus ojos, ni ansiar más gloria que una: llamarla mía, mía Un pescador la extrajo del agua el otro día La vi Y entonces tuve frenéticos antojos

de ceñirme a su yerta carne por si podía animar el turgente mármol de sus despojos Me contuvo un amigo el más amado: un hombre cuyo nombre me callo porque no importa el nombre

-No te enloquezcas -dijo- ya que no fuiste experto: esa mujer que serte constante y fiel juraba, te engañaba conmigo, y, oye: nos engañaba con otro ¡y por ese otro, es por quien ella ha muerto!

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