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1867–1923

Mi retiro en el monte

Julio Flores Roa

He quemado las naves de mi gloria Hoy en un monte milenario vivo el resto de esta vida transitoria, a todo halago mundanal esquivo.

En la gran soledad del bosque inmenso este resto de vida se consume exhalando, lo mismo que el incienso en los altares, todo su perfume

El monte, prodigioso laberinto, es hoy mi patria, mi ciudad, mi centro: hállome en él hasta en mi mal distinto, pues me parece que la dicha encuentro

mientras más solo estoy en su recinto, mientras más hondo en sus arcadas entro Huyendo de las míseras pasiones de los hombres, en pos de ambientes puros,

con mi morral henchido de canciones abandoné los solariegos muros La mentira social, el placer mismo cien veces apurado en una hora,

me arrancaron del fondo del abismo lanzándome a la selva redentora He entrado como el monje en «la escondida senda» a vivir las horas placenteras

de aquella dulce y sosegada vida, convencido a la luz de otro horizonte, de que hay en la ciudad muchas más fieras ¡oh sí! muchas más fieras que en el monte

Cerré todas las puertas a los vicios, abandoné las brocas bacanales y huí de los inmensos precipicios lanzándome a regiones inmortales

Ya no canto aquel canto atormentado que abrió en mi corazón surco tan hondo, tan hondo, que aunque a verle me he asomado, nunca le he visto al asomarme el fondo

Hoy mi canto es más puro, es más sereno porque es ahora mi pesar más sano Canto en la soledad a pulmón pleno Y aunque en el monte estoy no canto en vano:

me aplaude arriba con su salva el trueno y abajo, con su trueno el océano Porque está el mar con su llanura verde o azul, rojiza o cenicienta

El mar, mi único hermano en amargura, cómplice rugidor de la tormenta Ora tranquilo y sin vigor, inerme se arrebuja en los velos de las brumas

y en su gran lecho de coral se aduerme bajo su frágil edredón de espumas Ora ronco y fatal cuando se enoja, aúlla, brama, se retuerce, grita,

y espumarajos de coraje arroja Rompe sus anchas olas, y al romperlas finge bajo la bóveda infinita, enorme cofre azul lleno de perlas

Ni falso amigo ni mujer liviana cerca de mí; la azul enredadera y el roble rico de vejez lozana son y serán mi amigo y compañera

Lejos del miasma, en vértigo inefable del monte aspiro el secular perfume y -águila enferma en jaula miserable- mi espíritu las alas desentume

Al fin bajo el magnífico frondaje de la selva sonora y afligida hallé la paz, aunque al rendir el viaje ¡Por qué por un sarcasmo de la suerte,

hoy por vez primera amo la vida es cuando está acercándose la muerte! ¡Pero no importa! Mi ventura entera será dormir allí, tras la borrasca

de mi pasado, en una primavera, oyendo el susurrar de la hojarasca Sé que la enredadera cariñosa y el corpulento roble centenario

hundirán sus raíces en mi fosa para estrechar mi cuerpo solitario Cristalinas mañanas, tardes blondas, noches azules de luctuoso velo

y albas estrellas de miradas hondas llorarán sobre mí Y alzando el vuelo, desde las altas y tupidas frondas me cantarán los pájaros del cielo

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