El oro de la tarde se diluye
en la plata del río; cruza un ave
el ámbar vesperal, da un grito y huye
¿De qué? ¿De quién? ¿Adónde va? ¡Quién sabe!
Cruje el barco Refulge la candela
del sol sobre el verdor del monte bravo;
y el ave vuela, y vuela y vuela
hasta perderse de mi vista al cabo
Y al pensar que aquella ave en fuga loca,
tal vez dejando en apartada roca
su nido, huyó tras mentirosa huella
Pienso en mí que, doliente y aturdido,
me voy huyendo como el ave aquella,
dejando sólo en mi montaña el nido.