Baja Rebeca al prado en rizos de oro
dilatando la espléndida madeja,
que en confianza de una cinta deja,
por más ostentación de su tesoro.
Llega a la fuente, y el cristal sonoro,
rehusando el competir, de ella se aleja;
unas veces murmura, otras se queja,
y ella le riñe con galán decoro.
Alza los ojos, y piadoso advierte
el siervo de Abraham al blando ruego,
y con agua del fuego le divierte
Las bodas de Jacob conciertan luego,
porque el divino Amor, para que acierte,
empieza en agua y se remata en fuego.