Esta causa a su efecto tan ingrata
produce un nuevo modo de tormento,
de cuya queja nace el sentimiento
que ni vivo me deja ni me mata.
Y la prisión que mis sentidos ata
no admite ley, ni teme al escarmiento,
dejándose llevar de un pensamiento
que de mi que le tengo se recata.
El discurso previene inadvertido
la muerte a que yo mismo me sentencio,
hallándome quejoso y obligado.
Y de estos dos extremos perseguido,
ni el mérito me vale del silencio,
ni a descubrir me atrevo mi cuidado.