De engañosas quimeras alimento
la atrevida esperanza y el deseo,
que me obliga a seguir lo que no creo
y me hace creer lo que más siento.
No es capaz mi locura de escarmiento,
antes de la ilusión con que peleo
suspensamente absorto, ya no veo,
sino la ceguedad del vano intento.
Cerrados, pues, los ojos, y el discurso
incapaz de la luz del desengaño,
sólo la voluntad llevo por guía.
Por costumbre los yerros hacen curso,
y la constancia inútil en el daño,
por honra tiene ya lo que es porfía.