¡Ay loco Amor, verdugo de la vida,
confuso laberinto del cuidado,
hoz del sosiego, siempre desdichado,
de caer en tus manos de homicida!
¿Tú te atreves a mí, tú que perdida
tuviste la victoria que has ganado,
hallándote de mí tan despreciado
que no temí tu flecha endurecida?
Ya te vengas cruel, que ejecutaste
tus efectos en mí de tus furores.
Mira que estoy, sino rendido, muerto;
y aunque así de vencerme te gloriaste,
dirás que me mataron tus rigores,
que me rendiste no lo dirás cierto.