Ya en sumida región las alas queme
y el suelo las acoja por de cera,
un firme corazón aun no se altera,
viendo la misma ruina que le preme.
Y cuando el tiempo en su desdén de extreme,
valor es el que intrépido tolera,
y el ardimiento del que nada espera,
la desesperación del que no teme.
Yo, pues, entre costosos desengaños,
más me quiero ahogar que el falso aliento
que tuve de mentidas confianzas.
Si a luz nueva, logrando nuevos daños,
a mi noticia restituye el viento
torres que en él fundaron esperanzas.