Cuando hierve cual mal la adolescencia
en ondas de peligros y de engaños,
golpe de arrebatados desengaños
hizo efecto mayor de su violencia.
Sólo aquella sublime providencia
sabe en un punto restaurar los daños,
de la omisión y olvido de mil años,
en un acto interior de penitencia.
Digno auxilio, Señor, porque la culpa
nunca fue tal, ni el término tan breve
que su misericordia no le alcance.
Supla, pues, la piedad a la disculpa
donde no hay fin seguro, ni honor leve.
¡Oh ciega obstinación! ¡Oh duro trance!