La puerta levadiza, que al pasaje
te concedió suspensa libre ingreso,
llamada al centro de su mismo peso,
te intima con estruendo el carcelaje.
Apenas puesto en arma el homenaje,
diste el asalto al cauteloso queso,
incauto ratoncillo, cuando preso
muerdes la red con tímido coraje.
Fue tu glorioso antojo el instrumento
de tu prisión. ¡Oh cuántos racionales
te imitan con malogro de la vida!
Mayor recato nos enseña el viento,
pues jamás atraviesa los umbrales
sin ver primero franca la salida.