Cual Ícaro subiste, pensamiento,
al bien mayor que idolatró el cuidado,
y en el mar de tu llanto fulminado
le da nombre tu mísero escarmiento.
Fuiste incapaz, y penetrando el viento
sólo las esperanzas te han dejado;
padece tus fortunas, desdichado,
porque en ellas conozcas lo que siento.
Rompe las olas que, de engaños llenas,
no templan los volcanes de mi pecho,
aumentando tus penas con mis penas.
Mi corazón atiende ya, deshecho
entre la confusión de sus arenas,
rigor en impiedades satisfecho.