Sobre el sepulcro del ilustre griego,
que honró con sus cenizas el Sigeo
mejor que a Caria el rico Mausoleo;
Alejandro paró, y exclamó luego:
«¡Oh gloria de la Grecia!, claro fuego,
cuya llama las nieblas del Leteo
no bastan a encubrir, ni su trofeo
robar podrá jamás olvido ciego.
A ti, dichoso joven, guardó el cielo,
porque eterno tu nombre al mundo fuera,
del grande Homero la divina historia.
Que si de aquella pluma el alto vuelo
faltara, un mismo túmulo cubriera
tu mortal suerte, y tu inmortal memoria.