Cuando en horror medroso y ciego espanto
por los teucros discurre Alecto airada,
y el impío acero de la griega espada
hace crecer con frigia sangre el Janto.
Entre las quejas y confuso llanto
de la mísera gente descuidada,
alza la voz Casandra, arrebatada
de profético aliento y furor santo.
«En tus cenizas, dice, ¡oh patria cara!,
se guarda el fuego cuya llama ardiente
hará costosa a Grecia esta victoria:
otra renacerá de ti más clara
Troya, por quien tu nombre eternamente
vuelva a vivir en más dichosa historia.»